La semilla que puede cambiar el mundo: “La espiritualidad y el amor como caminos del ser”

Por Natalia Torres

Una de las primeras reglas que se enseñan en la disciplina sociológica, desde el funcionalismo de Durkheim,  es que lo social sólo se explica por lo social. Esto quiere decir que no podemos explicar los fenómenos sociales reduciéndolos a lo psicológico o a lo biológico. Esto es lo que asegura el campo de estudio de la sociología.

Así, por ejemplo, la desigualdad económica puede ser explicada por el modelo económico o por el modelo de desarrollo, pero no por la avaricia de los corazones. La pobreza, de igual manera, puede ser atribuida a causas “estructurales”, “económicas”, “distributivas”.

En contraste,  el paradigma de la complejidad, planteado por el sociólogo e intelectual francés Edgar Morin[1], postula que los fenómenos deben ser comprendidos en sus múltiples interrelaciones en todos los niveles, de modo que lo social encuentra su existencia gracias a lo psicológico, lo biológico, lo químico, lo físico, todo ello inserto en un marco ecológico. Siendo esta última dimensión analizada también en profundidad por Morin[2], demostrando como nos vinculamos directamente con el entorno. Ahí relata que  ecología proviene del griego “OIKOS”, que quiere decir “casa”, “hogar”.

El paradigma de la complejidad analiza sistemas, y para existir, todo sistema necesita un entorno.  De este modo, por ejemplo, un sistema familiar (no cada persona por separado, sino las relaciones que se dan entre las personas) está inserto en un entorno social (una cultura y sociedad determinada); o un sistema natural (o nicho ecológico) está compuesto por una infinidad de relaciones e interacciones entre insectos, bacterias, árboles, animales, que se encuentran siempre dentro de un entorno específico, un árbol, un valle, un bosque, un tranque.

De esta manera las partes de un sistema siempre están conformando sistemas más grandes. El sistema atómico conforma al sistema molecular, que conforma al sistema celular, que conforma al sistema de órganos, que conforman al individuo, quién conforma una sociedad dentro de un sistema ecológico del cual depende para existir.

Un sistema es una forma de analizar la realidad, muy distinta a la del paradigma clásico basado en las ideas de Newton, Descartes, Bacon y Galileo. El paradigma clásico  analiza elementos, unidades básicas, separándolas para conocer, reduciendo la complejidad. En una imagen de un universo en orden, donde no existen las contradicciones, ni el azar o el caos. Estos últimos en cambio sí son constitutivos del nuevo paradigma. Toda organización surge del orden que nace del desorden y el azar iniciales.

El paradigma de la complejidad se nutre de disciplinas tan diversas como  la física cuántica, la ecología, la biología, la biología del conocimiento, la cibernética y las neurociencias.

Propongo esta nueva mirada para analizar y plantear soluciones al constatar el fracaso del modelo económico y de desarrollo actual, y la destrucción ecosistémica  que ha acarreado. Este modelo actúa y supone que los “recursos” son infinitos, entendiendo por “recursos” a la naturaleza y a los seres humanos convertidos en mercancías, en cosas transables en el mercado (Polanyi, 1992). Por ello, hoy  se necesita de manera imperiosa una nueva mirada para afrontar los desafíos de nuestros tiempos. El planeta entero se haya en un  estado de crisis climática, ambiental y social que no tiene precedentes. En América Latina el modelo agroexportador y el extractivismo, siguen la fórmula de “pan para hoy hambre para mañana”: contaminación del aire, suelo y agua, zonas de sacrificio (lugares de concentración masiva de industrias contaminantes, como la ciudad de Quintero en Chile), deforestación, pérdida de la biodiversidad, extinción de especies, despojo de tierras ancestrales, matanzas impunes a las culturas indígenas.

Este modelo económico  y de desarrollo, incorporado en la lógica cultural de los individuos, enarbola la libertad individual, el egoísmo, el éxito económico y material, la competencia, la avidez, la juventud, la vanidad. Es decir, la mirada está puesta hacia afuera, en una vida compulsiva de hiperestímulos (televisión, celulares, publicidad), exitismo y consumo de bienes y servicios como fuente de felicidad.  Qué decir de la cultura del desecho y de los desperdicios plásticos.

¿Pensarán aún algunos que por contaminar y destruir lejos de sus países de origen, es decir, en el “tercer mundo”, ello no les afecta?

Gregory Bateson, biólogo, antropólogo y teórico de sistemas, plantea la interrelación que existe entre el entorno, el ser  y la mente individual y colectiva: “Yo soy mi entorno”. Debido al uso que hacemos del lenguaje, solemos describir el mundo como una serie de objetos separados de nosotros: “allá está el perro; “mira esa ave”. Pero no es así como en realidad aplica nuestra biología en la percepción del mundo. La experiencia es un continuo, y todo lo que percibimos son procesos, movimiento: la luz viaja a la retina del ojo, este la capta a través del sistema nervioso y envía impulsos químico-eléctricos al cerebro, quien lo procesa y nos entrega una imagen, un color, forma.  Por ello no se puede establecer una línea divisora en donde comienza el “exterior”, el mundo, y donde nos situamos nosotros, a pesar de tener límites en nuestra piel. Lo mismo pasa con la mente, cuando interactuamos con un árbol, con otros seres humano o nuestras mascotas, nuestra mente pasa a formar un colectivo más grande con las mentes de los demás, unificando la experiencia. Por ello sería más adecuado describir: “Estoy observando un perro que me mueve la cola en señal de alegría y yo le sonrío” o “estoy observando el vuelo de un ave a través del cielo, bajo las nubes”[3]. El que describe, el que observa, siempre está implicado en la experiencia. Es parte de ella, de todo.

La trama de interrelaciones ecológicas de las que somos parte es a penas comprendida, el delicado equilibrio que sostiene nuestro mundo nos muestra que nada existe por sí mismo. Nada tiene una existencia independiente. Desde el budismo tibetano, esto se conoce por “vacuidad”. Quiere decir que nada posee una existencia intrínseca, nada existe de manera independiente. Un árbol depende del sol, de la tierra, del agua, del clima, no existe aislado, por sí mismo. Todo está infinitamente conectado.

Desde el budismo, a la mente ordinaria se le denomina, SEM, ella está compuesta por toda la agitación de nuestros pensamientos y emociones, ella manipula, vive en la separación y la fragmentación para encontrar identidad. Es lo que en occidente llamaríamos EGO. La personalidad aprendida, la estructura que nos moldea y nos constriñe a vivir  desde un falso yo. El personaje que interpretamos día a día. Tras SEM, o tras el EGO, esta RIGPA, la conciencia fundamental, pura,  prístina, la fuente de la sabiduría, la paz y la iluminación[4].

La experiencia de RIGPA es la experiencia de la no-separación. De la unidad con el entorno. El maestro tibetano Rogyal Rimpoché, nos da el siguiente ejemplo: “Imaginemos un jarro vacío: el espacio interior es exactamente idéntico al espacio exterior; sólo sus frágiles paredes separan al uno del otro (…) alcanzar la iluminación es como romper el jarro en mil pedazos. El espacio interior se funde instantáneamente con el espacio exterior, convirtiéndose en uno. En ese preciso instante nos damos cuenta de que nunca habían estado separados o diferenciados; siempre habían sido idénticos”.  Es a eso a lo que se refiere Bateson, a que no existe separación con el “exterior”, con el “entorno” (Rimpoché, 2006:79). Somos lo mismo, pero no podemos percibirlo porque experimentamos el mundo desde SEM, desde el EGO.

Como vivimos en la experiencia de la separación  y en la cultura de lo desechable, de la agitación, de jornadas laborales agobiantes, en la polución y congestión de zonas urbanas, en el ruido,  es muy difícil escucharnos a nosotros mismos, es raro tener o dedicar tiempo a la introspección, a preguntarme qué estoy haciendo con mi vida y cuál es el legado que estoy dejando en el mundo. Es más raro aún encontrar por ahí alguien que sepa lo que es amar. Que experimente el amor. El amor que viene de la calma, de la paz, de la bondad. De saber quién eres y hacia dónde vas. De haber encontrado tu propósito.

Las causas de los  problemas y las soluciones de nuestra civilización actual no pueden buscarse solamente detrás de las “estructuras” que analiza la sociología. Pero el paradigma de la complejidad, puede dar cuenta de la realidad de una manera mucho más basta y  rica, al contemplar una nueva mirada ontológica, epistemológica y metodológica.   Incluso Edgar Morin nos habla de los diferentes estados de la conciencia, reconociendo que en los llamados “estados místicos”, se anula la separación con el entorno.  Lo mismo de lo que nos habla el budismo tibetano y la mirada cibernética de Gregory Bateson. Una realidad más profunda existe. Pero el modelo cultural en que vivimos no nos permite acceder a este, es más, ni siquiera lo concibe.

Sin embargo, incluso al paradigma de la complejidad se le escapa de la mirada una de las consecuencias culturales más relevantes del modelo económico: la gran pobreza espiritual en occidente, y en específico, la gran carencia de amor en los corazones de la humanidad, la falta de introspección, de autoconocimiento, de mirada interior, de verdaderos propósitos, de empatía, de solidaridad, de lazos afectivos reales, de comunidad y  amor.

¿Y quién nos habla de amor en estos tiempos?

Aquí entra en juego el papel de las religiones, para esta autora,  todas son senderos hacia la misma verdad trascendental, el despertar del ser humano. La sociedad evolucionada vendrá de la mano del amor o se autoaniquilará en su ceguera y falta de conciencia.

Si el amor habitara en los corazones de la humanidad este sería otro mundo, otra la relación con la naturaleza, sociedades sin jerarquías, nuevas formas de organización y distribución de la riqueza. Siento que hoy más que nunca urge difundir este mensaje, para que cada uno comience la búsqueda de sí mismo. Para despertar el amor en el corazón propio y despertar el amor en los demás corazones, para dar lo mejor de nosotros en cada ocasión, porque el momento que estamos viviendo así lo requiere.

La ciencia ha hecho uso exclusivo de la racionalidad en su afán de objetividad, y ello es una forma atrofiada de existir, pues la inteligencia debe estar al servicio del corazón, ya no se puede seguir separando mente y cuerpo, razón y corazón. La ciencia y sus “progresos” deben estar al servicio del amor, de objetivos nobles y no al servicio de intereses mezquinos, insensatos, destructivos que tanto dolor y sufrimiento causan a la humanidad y a nuestro hogar La Tierra.

El llamado urgente es a mirar nuestro interior, a conocernos, a amarnos y a imaginar qué mundo deseamos construir y legar a las futuras generaciones, es el destino de la humanidad en su conjunto lo que está en juego.

Detengámonos un momento a pensar que todo lo que ha sido creado por el ser humano  alguna vez fue sólo una imagen, una idea en la mente de alguien que lo soñó y luego lo proyectó en la realidad material con la suficiente energía, propósito y dedicación. Así mismo, tenemos la tarea de imaginar el mundo, la sociedad que deseamos, la educación más propicia, la relación más armónica con la tierra, cómo sería una sociedad basada en el amor, sin materialismo, sin consumismo, sin compulsividad, sin hambre, injusticia, ni dolor.

Las religiones en sus distintas expresiones traen el mensaje que no puede entregar la ciencia, todas ellas nos hablan del amor propio, del amor al prójimo, de la bondad, la empatía, la fraternidad, del desarrollo y cultivo de la espiritualidad como el camino hacia la evolución del ser humano/a.

Ahora bien,  la ciencia de los sistemas de Bateson y la teoría de la complejidad de Morin, no pueden hablarnos de amor porque ello escapa de sus fronteras, sin embargo reconocen que existe algo más profundo, otra conciencia, y que la forma en que habitamos, actuamos, percibimos y existimos en el mundo es no sólo insensato sino errado, reconocen además las interrelaciones ecosistémicas y la profunda dependencia que existe entre cada ser que habita este mundo.

Lo que queda fuera y que nos muestran las religiones es que la semilla que puede cambiar el mundo es el amor, y como toda semilla se debe cultivar; primero hay que abonar la tierra, conocernos, sanarnos; sembrar la semilla, constatar que somos seres luminosos hechos de amor y que todo lo que vive es digno de respeto y merece cuidado; hay que regarla para que se desarrolle, el amor se desarrolla y cosecha dando amor a otros, sólo la ternura puede despertar a un corazón indiferente y apático; la planta crece y da flores y luego frutos, entonces recibimos bendiciones y  amor recíproco.

 

Referencias bibliográficas

Bateson, G. (1991). Pasos hacia una ecología de la mente. Buenos Aires: Planeta.

Polanyi, K. (1992). La Gran Transformación, los orígenes políticos y económicos de nuestro tiempo. . México: Fondo de Cultura Económica.

Morin., E. (1999). El Método. El conocimiento del conocimiento. Madrid: Cátedra.

Morin, E. (1997). El Método. La vida de la vida. Madrid: Cátedra.

Polanyi, K. (1992). La Gran Transformación, los orígenes políticos y económicos de nuestro tiempo.  México: Fondo de Cultura Económica.

Rimpoché, S. (2006). El libro tibetano de la vida y de la muerte. Barcelona: Urano.

[1] Que en 1977 publicará el primer tomo del Método. El primero de los 6 tomos en que plantea los principios rectores de este nuevo paradigma.

[2] En el tomo II del Método, la vida de la vida.

[3] Gregory Bateson, pasos para una ecología de la mente, Editorial LOHLÉ-LUMEN, 1972, Argentina.

[4] Rogyal Rimpoché, El libro tibetano de la vida y de la muerte.

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