Notas para no caer en una cosmética verde

Por Pedro Pablo Achondo Moya

En el marco del Día Internacional del Medioambiente, los amigos de Otros Cruces me han invitado a ofrecer un aporte reflexivo. Pensando en voz alta y con el corazón esperanzado luego de las recientes elecciones en Chile, me gustaría expresar algunos puntos los cuales, al modo de 6 notas diversas, breves y amplias, pudieran animar el pensar y despertar el sentir -el sentipensar- en vistas de los necesarios escenarios alternativos que requerimos.

Nota 1: Palabras con acción

Estamos abarrotados de conceptos. Lo digo con pesar, porque me encantan. Sin embargo, cuando se nos invade con diagnósticos, ideas y propuestas semánticas, pero la vida -la de todos los días- continúa del mismo modo es que esas palabras y conceptos, por muy interesantes y sofisticados que sean, se han difuminado en el aire. Gastón Bachelard decía en la Poética del Espacio que una imagen nueva es un mundo nuevo. Maravilloso. Pero si el concepto nuevo no genera más que dispersión semántica y no produce ningún cambio a nivel personal, colectivo o territorial no nos sirve de mucho. No estoy contra las ideas, obviamente; sino contra la falta de praxis, contra el acomodo de reflexiones que ni llegan a transformar hábitos consumistas e individualistas demasiado arraigados. Queremos palabras con acción y acciones alimentadas por palabras reflexionadas, pensadas, debatidas. La degradación medioambiental y humana debe impulsarnos a una radical transformación. Debería. Es claro que ello no ha ocurrido y llevamos más de 30 años -¡más de 40 si recordamos al Club de Roma!- llenándonos de ideas posibles y conceptualizaciones del presente moribundo. Hay acciones concretas, loables iniciativas en diferentes campos y perspectivas. Todo ello continúa alimentando la esperanza, pero es evidente que ha sido insuficiente. En 10 meses más es de esperar que tengamos un texto, pues eso es una Constitución; un constructo de palabras que van a plasmar múltiples sueños y anhelos. Será tarea de todos -y en particular del Estado- que, a través de políticas públicas y de la generación de instituciones y estructuras, esos anhelos se transformen en acciones.

Nota 2: Una espiritualidad liberadora

El pensamiento decolonial y la tradición teológica latinoamericana, en particular la que ha logrado dialogar y aprender de las cosmovisiones indígenas; nos permiten afirmar que lo espiritual no es un anexo ni un asunto despreciable. Tampoco a la hora de pensar una Nueva Constitución. De alguna manera la interioridad, lo profundo del humano en su relación con el medioambiente debe aparecer, debe materializarse en formas de habitar y construir relaciones. Una espiritualidad liberadora y ecológica nos conducirá a una ética adecuada basada en el cuidado, en la compasión, en un reaprender aquello que hemos colonizado con el lenguaje y que ha devenido en una manera de interpretar y conocer el mundo. Dicha espiritualidad acentuará una cierta reverencia hacia todo lo que existe, una mirada amorosa hacia las otras especies y un espíritu contemplativo. Nos permitirá elegir el silencio antes que la vorágine de ruidos que nos embargan y agobian, nos alentará a lo lento y a otros ritmos por sobre lo inmediato y veloz. Solo una espiritualidad ecológica y holística podrá posibilitar un temple distinto y una actitud nueva frente a las tecnologías y su genialidad. Tanto Laudato Si’ (2015) como el interesante proceso panamazónico (2018-2020), el cual está arraigado en las comunidades de la cuenca Panamazónica, en sus luchas y resistencias, en sus prácticas y sabiduría; han acentuado la idea de una Ecología Integral donde el grito de la tierra y el grito de los empobrecidos suenan al unísono y nos mueven hacia otras formas de estar, de ser, de amar y de creer.

Nota 3: Sentipensar y (re)imaginar el presente

Hemos dejado de imaginar. Carecemos de proyectos alternativos que se nos presenten como un horizonte que involucre nuestras vidas por completo. Esto se nos dice de mil maneras. En parte es verdad y en parte no. Si bien se nos ha impuesto un modo de vida, el cual podemos categorizarlo y denominarlo de distintas maneras (modernidad, capitalismo, colonialismo, patriarcado, era del Hombre, Capitaloceno) en ningún caso es el único. Ni el único existente ni el único conocido. Las alternativas están esparcidas en los territorios. Precisamente parte de la estrategia del “universo” es invisibilizar las narrativas y silenciar las historias de la otredad. Pero ellas están allí, entre los marginados, en medio de las comunidades sobrevivientes. Como semillas de renuevo y lejos de romantizaciones o idealizaciones, hay territorios, familias, comunidades y pueblos que viven de maneras sustentables y en comunicación no extractivista ni voraz con el medioambiente. Se nos ha extirpado la capacidad de imaginar, al menos políticamente hablando. Y, salvo excepciones por supuesto, el enjambre humano se ve empujado por una maquinaria que se resiste a toda costa a detenerse.

Frente a ello sentimos indignación, rebeldía y un deseo de cambiar las cosas. Sentimos y pensamos que es posible y es tiempo de colaborar en la construcción del “pluriverso”. Nos duele el daño irreparable, nos conmueve el desastre de comunidades desechadas y ecosistemas arrebatados. Frente a ello no es posible quedar indiferente. En realidad, y lamentablemente, sí es posible. Siempre es posible seguir caminando mientras el samaritano a punto de morir grita desde su orilla que “no puede respirar”. Sentipensar el presente consiste en cultivar la empatía en todos sus niveles y escalas; se trata de con-movernos a partir del sufrimiento del otro, sea quién sea y sea lo que sea. Sin darle cabida al dolor del otro en uno, estamos lejos de propiciar otros rumbos y, más lejos aún, de otros mundos.

Nota 4: Comunidad y Autonomía

Si hay algo que la fe, el sentimiento religioso o la espiritualidad -en su diversidad de formas, colores, ritualidades y experiencias- nos regalan, es el sentido de comunidad. El saberse y sentirse parte de un cuerpo mayor, de un colectivo o un pueblo; forma parte de la columna vertebral del cristianismo y otras vertientes espirituales. La mezcla de dos ingredientes: la autonomía de la razón (sujeto moderno) y “la economía que mata” (papa Francisco en EG 53) como manifestación de un modelo de producción y, no hay que olvidar, de producción cultural; ha llevado a generar una forma de vida basada en la exclusión, el individualismo, la indiferencia y el descarte. Esta cultura que permea medios de comunicación, publicidad, redes sociales, formación educacional, al mundo del trabajo, las dinámicas familiares y también la vida de la Iglesia; ha terminado por aplastar el espíritu comunitario. De a poco y como respuesta a la debacle socioambiental y la cultura ya referida y expresada como globalización, desarrollo y modernización; comienzan a aparecer nuevamente iniciativas comunitarias o, como dicen los zapatistas, de la comunalidad. Del saber que solos es imposible y que el otro me construye; que la construcción y celebración del nos-otros produce otras vías, otras formas y otros mundos. La futura Constitución, si quiere ser ecológica y feminista, deberá aspirar a ser profundamente comunitaria: promover esos encuentros, facilitarlos, impulsar lo colectivo, la mezcla, lo híbrido; el trabajo en conjunto, los laboratorios de ensueños, la colaboración, participación y la biodiversidad en todos sus niveles.

Sin embargo, lo anterior requiere una cuota importante de autonomía territorial. Aquí la autonomía ya no es más aquella de los modernos, sino la posibilidad -dada por la libertad, derecho fundamental de todes- de crear, de generar, de organizar, de idear e imaginar. La autonomía territorial consiste en la capacidad colectiva de crear esos escenarios propicios para cada contexto, memorias y vida concreta de quienes allí habitan, desde sus saberes, prácticas y opciones situadas. Esto conlleva a recrear la economía, ajustar la educación, ofrecer una salud propicia, reinventar la ciudad. La comunalidad que brota y se alimenta de la autonomía territorial busca políticas de reconstrucción en defensa de una vida que, en palabras de Arturo Escobar, sea al modo de la Tierra: conforme a la Tierra (Earth-form life).

Nota 5: Resistir a la seducción verde

Por un lado, nos invitan a “amazonizarnos” (https://www.amazonizate.org/); por otro, a asumir la Agenda 2030 de los ODS de la ONU, al mismo tiempo se nos anima por diferentes flancos a un consumo más “verde”, más “ecológico”. Aparecen nuevos mercados para neutralizar la huella de carbono; se nos anima a plantar un árbol en memoria de un ser querido… ¿Acaso no vamos replicando una misma lógica? ¿No será, sin siquiera preguntarnos por las intenciones, parte de un mismo engranaje; el mismo que nos tiene en el centro del Antropoceno? Lo ecológico seduce y con mucha fuerza. Lo verde va de a poco impregnándolo todo. Sin embargo, lo que podría apuntar a una verdadera transformación estructural, mental, pedagógica y cultural; no lo hace. “Lo medioambiental” es coaptado a partir de narrativas y la construcción de imaginarios, de manera estratégica. Lo peor de todo es que me temo que no somos conscientes de ello. Vamos sumando y sumando adherentes, pero la vida continúa más o menos igual; o peor, en términos medioambientales. El pasado 17 de mayo Chile volvió -con pandemia y todo- a ser el primer país latinoamericano en quemar “su” planeta, es decir, en utilizar todos los recursos naturales correspondientes a un año. Desde ese día comenzamos a sumar la “deuda ecológica”, comiéndonos lo que el planeta no tiene.

En este contexto, surge el imperativo ético a resistir. Resistir con imaginación creativa, resistir desde el arte y la performatividad, resistir desde la digna manifestación y legítima defensa, resistir desde el lenguaje, resistir a través de prácticas ecosociales que impliquen una conversión interior y una transformación integral, resistir con otros, desde los sobrevivientes del Antropoceno. Resistir en comunidades de prácticas, con actos políticos y gestos poéticos. Resistir conociendo las historias de quienes llevan siglos o milenios resistiendo. Resistir con el planeta, desde el cariño y reconocimiento de las alianzas multiespecie necesarias para el nuevo habitar. Resistir a la narrativa verde que en definitiva no es más que una nueva cosmética. Resistir no es tarea fácil, pues implica un movimiento de energía, personal y comunitaria, inmensa. No ser devorados por el engranaje de un capitalismo verde, con sus festivales, camisetas, supermercados y toda la cadena de producción invisible, no ser absorbidos por su eco-todo; no es cosa fácil. La resistencia debe ser alimentada desde lo cotidiano y sencillo, a partir de una educación socioambiental adecuada y perseverante. El giro socioambiental desde los territorios es un proyecto político y onto-epistémico. Es posible. Y, reitero, ejemplos hay por montones.

Nota 6: ¿Una constitución ecológica?

Esta ultima nota quiere ser solo un epílogo a lo anterior. Pinceladas son las que hemos expuesto en estas líneas. Breves, contradictorias, híbridas y utópicas. La nueva constitución puede efectivamente activar esos resortes urgentes y necesarios para el pluriverso. Pero pienso que hay que ser astutos en esto, ninguna constitución o reglamento, código normativo o mandamiento, por sí solo, va a configurar una forma de estar con y en el mundo como la que estamos construyendo. Ayudará, sí. No cabe duda. Permitirá e incentivará una mayor justicia ecosocial y una mirada medioambiental distinta, pues claro. Pero se requiere más: una opción que venga desde dentro. Y eso no lo dictamina ningún orden jurídico. “Lo de adentro”, esto es, la transformación del corazón en vistas de una comprensión de la vida en consonancia con el planeta y su biodiversidad, alimentados por una ecosofía cultural, política y espiritual; solo puede brotar desde la convicción profunda de cada persona y comunidad.

No sabemos bien qué puede ser una Constitución Ecológica. Sabemos más bien lo que no tiene que ser para aproximarnos a una vida más digna que integre de mejor manera todo lo que existe y detenga lo más posible los tentáculos del “Desechoceno”. Seguro llegaremos cerca, pero el riesgo de pintarlo todo de verde está más presente de lo que se piensa. Estas breves notas pueden contribuir a la conversación pública en vistas de esos territorios diversos, plurales, respetuosos, creativos, relacionales y abiertos a la comunalidad multiespecie que anhelamos.

 

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